Por Fueron tres los días de trabajo arduo para poder finalmente trenzar mis cabellos. Destrenzar, desenredar, desenredar, desenredar, volver a trenzar. No hay masaje que pague el dolor de espalda, de brazos y de cuero cabelludo, aunque la comodidad y el estar siempre espléndida por un buen tiempo, compensa. Muchos y muchas de ustedes tal vez no comprendan a que me refiero concretamente, sin embargo tengo convicción de que muchas mujeres negras, si lo saben.
MEMORIAS COMPARTIDAS DE LA INFANCIA
¿Recuerdan haber jugado alguna vez, cuando niñas, a que tenían el pelo largo, y liso, y para eso usaban cualquier camiseta de manga larga con el cuello puesto alrededor de la cabeza? ¿Y que si querían que el efecto fuera, además, que tenían cerquillo (cosa menos que probable en el pelo crespo y rizado) lo ideal era embutirnos el cuello de la polera hasta la mitad de la frente y quedábamos prontas? Por lo menos….por un rato. Ese juego inocente quedó en el pasado para las mujeres como yo, que rondamos los treinta años, y ahora nos enfrentamos a la búsqueda de soluciones reales a nuestros asuntos estéticos.
LA AUSENCIA DE MERCADO ETNICO
En un país en el que los afro descendientes somos el 10 y un poco mas por ciento de la población (350.000 habitantes), y donde a su vez mas de la mitad de ese grupo social somos mujeres, hay vacíos cotidianos de la vida social que no nos es fácil llenar. Como a casi cualquier mujer, la estética es un tema que nos ocupa y preocupa. Pero sobre todo, a las mujeres afro, nos preocupa. La industria y comercialización de productos de belleza tanto de maquillaje como capilares en nuestro país, parece no tomar en cuenta que habemos al menos doscientas mil mujeres afro para las que la oferta de tonalidades de base adecuadas, champúes y acondicionadores para pelo crespo o salones de belleza especializados en nuestro cabello, no existen, en forma literal. Históricamente, nos hemos habituado a hacer el mejor uso de lo que el mercado nos ofrece, aunque eso implique que en última instancia, en muchos casos, no quedemos satisfechas con lo que nos toca en suerte.
Se torna un ejercicio bien interesante pasear por las góndolas de perfumerías, farmacias y supermercados buscando ese tono de rubor que sé que me va a quedar bien con mi tono de piel o el acondicionador para cabellos alisados que sé que en otros mercados existe (y hago aquí la salvedad de que no hablo del tan en auge brushing progresivo para cabello apenas ondulado, sino mas bien de aquellos laceados caseros, que en el afán de acabar con nuestros caracolitos, tantas veces llegaron a quemarnos el cuero cabelludo o del peine caliente, que muchas de nuestras abuelas usaron para dar estilo a sus cabelleras). Siempre hay alguna muy bien dispuesta vendedora que nos ofrece sinfines de aproximaciones inútiles a lo que estamos buscando o necesitamos.
No la responsabilizo, porque trabaja para un mercado que no tiene contemplación alguna de lo que es la diversidad estética en su mas amplio sentido, y sobre todo, étnico. Mientras la escucho, pienso: “¿Tendrá idea de que el tono de base mas oscuro que me ofrece me va a hacer parecer a las mascaritas de los carnavales de antaño? ¿Pensará que mi pelo es lacio como el suyo, y por eso cualquier crema de enjuague le viene bien? ¿No se dará cuenta, si me mira bien, que cuando le pedí un tono de labial juvenil, no me refería a ese color rosa perlado tan llamativo que no hará mas que triplicar la ilusión óptica del tamaño de mis labios carnosos?”
DIVERSAS E IDÉNTICAS
Lo que antecede, son solo algunas de las vivencias diarias en común que tenemos las mujeres afro uruguayas a lo largo y ancho del país, por citar solo algunos ejemplos.
Durante el trabajo de campo que realizamos en la ciudad de Artigas, Rivera y en la zona rural de Cerro Largo en el marco de dos trabajos de investigación1 ,ejecutados por el Equipo Etnia y Salud, de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, pudimos observar algunos aspectos determinantes. La construcción del ser mujer afro sin excepción pasa por la conciencia de saberse minoría dentro de otra minoría (negra y mujer, en este orden), que en un gran porcentaje, además, se ubica dentro de los pobres de Uruguay. Tanto las mujeres de procedencia urbana, como las de entornos suburbanos y rurales advierten que la discriminación racial nos afecta de forma más directa a veces, mas solapada en la mayoría de los casos, pero siempre en detrimento de las afro descendientes.
En un país como Uruguay, que históricamente se ha declarado como no discriminador, pero en el que sigue operando desde la oscuridad el racismo institucional, recién en los últimos años se han empezado ver algunas presencias afro descendientes en los espacios de decisión a nivel del gobierno nacional y de las municipalidades. Sin embargo, estas presencias esporádicas no alcanzan para contrarrestar la realidad de un grupo social que presenta altos índices de deserción de la educación formal, y que aun hoy sigue realizando trabajos que requieren poca calificación. En términos socioeconómicos y 1 “Población afro descendiente y desigualdades étnico-raciales en Uruguay” (2008) y “Percepción sobre las creencias, actitudes y practicas relacionadas a la salud reproductiva y las infecciones de transmisión sexual y el VIH en la población afro uruguaya”(2009) laborales, las afro descendientes siguen desempeñando en un gran porcentaje tareas domesticas (legado de la esclavitud), viven en la periferia (lo que implica en términos habitacionales y sanitarios menor acceso a los servicios por cuestiones geográficas), y en las zonas rurales de Uruguay, la mayoría tiene acceso limitado a la educación y a la información.
De acuerdo a los datos recabados en el desarrollo de la investigación cualitativa, podemos concluir en que la población afro descendiente convive con la naturalización de la discriminación, aunque no por eso dejan de cuestionar algunos hechos en particular, sobre todo cuando toman características violentas.
Y esa alerta o resistencia ante determinadas situaciones, en términos generales, es algo que puede advertirse de veinticinco o treinta años para acá. Muchas de las participantes relataron experiencias cotidianas en las que sus vecinos las discriminan, no dejando a sus hijos jugar con los suyos o profiriendo insultos cuando pasan enfrente a sus casas, y también emergen otros casos que ocurren en el ámbito laboral.
Y aquí, los hechos de discriminación se manifiestan en aspectos tales como coartar el acceso a mejores oportunidades laborales, no pasar procesos de selección que requieren buena presencia y por eso se interpreta (no manifiestamente) que el color de la piel del postulante no sea oscuro, o sencillamente, no poder ni siquiera aspirar a ocupar determinados lugares.
Todo esto ha hecho mella en la autoestima de los individuos afrodescendientes, pero como antes se mencionaba, la naturalización de la discriminación hace que para muchos esto no se visualice como un problema. Por otra parte, el rol que los medios de comunicación juegan en la perpetuación de ciertos estereotipos negativos que pesan sobre la población afro, no hace más que profundizar la idea en la población en general que el afrodescendiente no es un colectivo que deba ser mirado, a no ser cuando la probabilidad de la delincuencia asignada a este grupo aceche mas que nunca.
Dentro de esta invisibilidad, estamos incluidas las mujeres afro, y eso se traduce en muchas vivencias cotidianas de discriminación, que no necesariamente tienen que ver con actos de violencia exacerbada que repugnantemente aun hoy siguen ocurriendo en muchos lugares del mundo, sino que, como anteriormente mencionaba, nos afectan desde cosas
que a priori parecen tan simples, pero son tan complejas como el cuidado estético.
Trascendiendo a la lógica que rige al mercado y a la comercialización de determinados productos, la carencia de elementos diseñados exclusivamente para las mujeres afro, nos afecta en términos emocionales. Y los medios de comunicación, a través de las pautas publicitarias, no hacen más que profundizar esa caída libre que hacemos hacia la plena conciencia de que no somos contempladas.
Porque va a ser probablemente muy difícil que nos veamos con esos estupendos cabellos al aire como las modelos de las publicidades, o que podamos satisfacer nuestros deseos de belleza en una sociedad de consumo que no maneja otros tonos de piel que trasciendan al bronce (como oscuro) y no ofrece alternativas para la textura de pelo crespo-muy crespo-sometido a diversos tratamientos químicos-y finalmente, sin arreglo.
La buena noticia es que no en vano tantos años de invisibilidad en este aspecto lograron que muchas de nostras, madres, abuelas, hermanas, tías, amigas y compañeras afro trabajemos incansablemente, desde el lugar en el que estemos, para rescatar esas memorias y resaltar los aspectos positivos de nuestra belleza afro tan rica, diversa como nuestros tonos de piel y tan versátil que permite una y mil variantes. De la frustración por no ser tenidas en cuenta, pasamos al orgullo de saber que tenemos por ejemplo, algunas de nuestras queridas pares que con una santa paciencia se dedican a trabajar sobre nuestro cabello y a ofrecernos alternativas que no pierden el componente étnico.
Y no es ese un aspecto menor, porque no solo nos ofrece soluciones, sino que se constituye en la verdadera preservación de nuestra identidad y definitivamente, en un símbolo de resistencia.

Carolina Ricarte Pedroso